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El periodista Peter J. Curtis  consiguió la entrevista con la que llevaba soñando tanto tiempo. El hombre al que él ansiaba entrevistar por fin le había concedido una audiencia privada. Samuel W. Penguin nunca concedía entrevistas, pero con Peter J. Curtis hizo una pequeña excepción.
Para los que no conozcáis a Samuel W. Penguin, os diré que era alguien realmente importante.

Peter J. Curtis ese día estaba realmente nervioso. Se puso su mejor camisa, su corbata de la suerte (la que le regaló su suegra, a la cual, a diferencia de casi todas las suegras, él adoraba.) y cogió un taxi que lo dejo en la puerta de las oficinas del edificio Edgar M. Newell. Allí estuvo esperando 23 minutos de reloj. Por todos era sabido, que Samuel W. Penguin difícilmente toleraba que alguien le hiciese esperar.

Bueno, el caso es que 23 minutos después Peter J. Curtis entró grabadora en mano en la habitación donde se encontraba el gran Samuel W. Penguin. Samuel W. Penguin recibió a Peter J. Curtis en pijama y chanclas rodeado de dos mujeres en ropa interior. Eso todavía puso más nervioso al propio Peter J. Curtis, que se sintió algo intimidado. Junto a su silla, había una mesita con un cepillo de dientes, pasta e hilo dental. También un paquete de preservativos. Para romper el hielo Peter J. Curtis comenzó a hablar: 

PETER J. CURTIS: Hola Samuel, la primera pregunt–

Samuel W. Penguin cortó a Peter J. Curtis con un gesto de su dedo.

SAMUEL W. PENGUIN: Por favor. Mi nombre es Samuel W. Penguin.

Una gota de sudor se deslizo lentamente por la frente del acalorado Peter J. Curtis.

PETER J. CURTIS: Disculpe señor Samuel W. Penguin. No se volverá a repetir. Le quería preguntar–

SAMUEL W. PENGUIN: Mira Peter, estas son las reglas: Uno, te voy a contestar sólo a siete preguntas. Dos, la primera pregunta es muy probable que pase de contestarla. Tres, no me pregunte por la W de mi nombre,  y cuatro, no voy a volver a hablar con usted hasta que no se cepille los dientes.

Peter  estaba en shock, no sabía que cojones estaba ocurriendo. Aún así, decidió coger la crema de dientes, el cepillo y el hilo y pasar al baño a cepillarse la boca. Es curioso, en realidad era el aliento de Samuel W. Penguin el que olía francamente mal. Una vez vuelto del baño, la entrevista prosiguió.

PETER : Señor Samuel W. Penguin, mi primera pregunta es sobre su trabajo, ¿qué hay de cierto en los rumores que le sitúan como el hombre más influyente del momento en su sector, y a qué cree usted que se debe?

SAMUEL W. PENGUIN: Pete, permite que sea franco: toda mi vida he creído que una mujer fea hace más infeliz a cualquier hombre. ¿Sabe usted por qué?

PETER: Pues..no.

SAMUEL W. PENGUIN: Muy sencillo. Una mujer fea, sin duda es fea… pero por lo general no tiene porque ser estúpida. ¿Me sigue?

PETER: Discúlpeme, pero no.

SAMUEL W. PENGUIN: Pete, ¿sabes una cosa? me recuerdas a mí mismo cuando yo era más joven. Te lo explicaré. Una mujer fea… y no me malinterpretes, no estoy hablando de mujeres especialmente feas; una mujer fea no es idiota. Conoce perfectamente como funcionan los cánones de belleza humanos, por lo tanto, sin duda se sabe fea. En definitiva, una fea se conoce a sí misma. Al igual que una guapa, pero eso es ya harina de otro costal…

PETER: ¿Quiere decir que por ser fea una mujer hace más infeliz a un hombre?

SAMUEL W. PENGUIN: No. No es el hecho de ser fea, es el hecho de saberse fea lo que hace que una mujer haga infeliz a un hombre. Peter, ¿Tú tienes esposa?

PETER: Si.

SAMUEL W. PENGUIN: ¿ Y tu mujer es guapa?

PETER: Eso creo yo

SAMUEL W. PENGUIN: ¿Y si tuvieras que poner nota a su belleza, y esa nota estuviera comprendida entre uno y diez puntos…qué nota le pondrías?

PETER: Pues… no sé, ¿un ocho?

SAMUEL W. PENGUIN: ¿Me lo preguntas a mí? Yo apenas acabo de descubrir que tienes esposa. Por favor Pete, con firmeza.

PETER: Si, un ocho.

SAMUEL W. PENGUIN: Peter, quiero que comprendas que estoy siendo verdaderamente sincero contigo. Te estoy contando la verdad. Y creo que merezco respeto. Por favor, no me hables como si tu mujer estuviera delante. ¿Un ocho? Esta mujer que tengo aquí a mi lado…esta es un ocho. ¿Tu mujer tiene estos labios? ¿este cuerpo?

PETER: Bueno,es verdad que ganó algo de peso con el embarazo, bueno… un seis y medio.

SAMUEL W. PENGUIN: Ahora quiero que pienses qué nota te pondrías a ti mismo. Mírate y dime: ¿te pondrías más de un cinco?

PETER: Bueno, soy alto, y no soy feo…

SAMUEL W. PENGUIN:  No me malinterpretes Peter, yo a mi mismo me pondría un dos. A lo que me refiero, es que tu esposa no es un bellezón, pero sin duda es más guapa que tú o que yo. ¿No crees?

PETER: Sin duda.

SAMUEL W. PENGUIN: Pues ahí reside el problema en vuestra pareja.

PETER: ¿Qué problema?

SAMUEL W. PENGUIN: ¿Tú haces el amor con tu pareja regularmente?

PETER: ¿Qué?

SAMUEL W. PENGUIN: A mí tu vida sexual me tiene sin cuidado, te lo pregunto para que te lo preguntes tú.

PETER: Bueno, hacemos el amor una vez por semana.

SAMUEL W. PENGUIN: Sabe Dios que no pretendo alardear, pero sin ir más lejos, mi vida sexual es mucho más rica. ¿Crees qué esa diferencia se debe a qué tu mujer es menos bella que las hembras con las que me acuesto yo?

PETER: Pues no lo sé.

SAMUEL W. PENGUIN: Si tu mujer reside en esta ciudad existe una posibilidad bastante considerable de que me haya podido acostar con ella; lo que descartaría la hipótesis de que mis amantes son más apetecibles físicamente. Bueno, un seis y medio… no sé yo. Aun así, ya te garantizo yo que no se debe a eso. 

PETER: Disculpeme Samuel W. Penguin pero creo que no le sigo.

SAMUEL W. PENGUIN: Peter, amigo mío, a estas alturas me parece a mí que tenemos la suficiente confianza como para que me puedas llamar por mi nombre de pila. Ten en cuenta que estamos hablando sobre la vida sexual de tu señora, eso no se comenta así de buenas a primeras…

PETER: Samuel, creo que no hace falta seguir hablando de ello.

SAMUEL: Tan solo quiero que comprendas porque una mujer fea hace que su marido sea más desgraciado.

PETER: Creo que comienzo a comprenderlo. La mujer fea se sabe fea y por eso hace más infeliz a su pareja. ¿No?

SAMUEL: Sí y a la vez no mi querido Peter. Me explico: supongo que estarás de acuerdo conmigo en que una mujer que se sabe fea probablemente pueda sentirse más desdichada y eso haga que su marido no sea feliz . Sin embargo, podríamos pensar exactamente lo mismo de un hombre, pero a mi juicio es diferente. ¿Quieres saber por qué?

PETER: Ilumíneme. ¿Por qué?

SAMUEL: Pete, lamento comunicarte que esta es tu séptima pregunta, creo que puedes hacerlo mejor. Por favor, mira atentamente a tu alrededor y pregúntame lo que llevas pensando desde que te he obligado a cepillarte los dientes. ¿Supongo que has visto el paquete de preservativos, no?

PETER: Si.

SAMUEL: Quiero que seas muy sincero conmigo. ¿Se te ha ocurrido pensar en algún momento que puede que yo te propusiera hacerme una felación?

PETER: ….

SAMUEL: Vamos Pit. Te he hecho cepillarte los dientes; el cepillo y el hilo estaban junto al paquete de condones… dí la verdad. ¿Lo has pensado?

PETER: Bueno, en realidad sí. Me parecía una locura, pero sí se me había ocurrido.

SAMUEL: Lógico, ¿ves? Esa es la diferencia entre un hombre y una mujer. Veras, los hombres somos estúpidos. ¿Eso es malo? En principio puede parecer que sí, pero la realidad es que no. Te recibo en pijama rodeado de dos mujeres espectaculares, te cuento que mi vida sexual es envidiable y aún así se te pasa por la cabeza que puedo querer que me hagas una mamada. En verdad muchos hombres feos ignoran que lo son.

PETER: Yo… lo siento, no sé muy bien qué decir…

SAMUEL: Nada. No hace falta que te disculpes, lo único, te agradecería que no hicieras ruido al salir, me voy a echar una siesta.

PETER: Ya, pero las preguntas…

SAMUEL: Ya te he dicho lo que hay. Cuídate muchacho.

PETER: …bueno, gracias por su tiempo.

SAMUEL: De nada hombre. ¡Ah! Y le das recuerdos a Susan de mi parte.

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