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Propicios días ciudadanos. Mi nombre es Tito Tullio M. F. (Hijo de Marco) pero desde niño, por tener una gran cabeza me llaman Capito .Me enrolé en la decimotercera en el año 701 ab urbe condita. Desde entonces, gracias a mi astucia y valentía (y a los talentos de mi familia), he logrado prosperar dentro de la legión y situarme entre la élite del ejercito romano. Fui nombrado primus pilus (primer centurión) en las calendas de quintilis (primeros días de julio)  tan solo un año después de enrolarme. Ole mis cojones.

Desde entonces me he codeado con nobles y patricios hasta situarme como uno de los hombres de confianza de Marco Antonio, y por extensión del gran Cayo Julio Cesar.

Marco Antonio es el puto amo. Bebe como si no hubiera un mañana, y se levanta al día siguiente como si hubiera dormido todo el día. Reparte ostias como panes, y tiene la picha más grande que le he visto a un romano jamás. Parece nubio. Yo ya le he dejado claro que con eso entre las piernas ni se acerque a mi tienda. Ya he visto a algún joven legionario con problemas para subirse al caballo después de salir de la tienda del amigo Antonio.
Listo lo que se dice listo no es, de hecho es bastante corto. Estrategia militar justita, es estilo Clemente, patapum y a correr. Empezamos haciendo la tortuga y tal, pero al cuarto de hora ya está ahí dale que te pego con el gladium sin conocimiento ninguno.

Julio es muy distinto. No bebe, come lo justo y necesario, y no acostumbra a sodomizar a sus propios legionarios antes de una batalla. Es más fino, más espabilado y bastante más cabrón que Antonio. Mandó cortar las manos a un pueblo galo, a todos menos al manco, al que dejó la mano que le quedaba. Psicología pura.

Tras la rendición de Vercingetorix y la conquista de La Galia, volvimos a Roma. Los meses posteriores fueron convulsos. La guerra civil hizo que la decimotercera partiese a Grecia para luchar contra Pompeyo.
Le perseguimos hasta Alejandría, y allí, conocí al amor de mi vida.

En aquel momento Ptolomeo peleaba con Cleopatra por reinar en Egipto, y Julio Cesar hizo las veces de mediador.
El niño Ptolomeo mandó cortar la cabeza de Pompeyo y se la sirvió a Julio en una cesta a modo de ofrenda. Error, Cesar se enfado, y me cogió por banda encomendándome la misión de encontrar el cuerpo de Pompeyo para realizar los actos fúnebres dignos de un ciudadano romano.
Paso lo que tenía que pasar. Ptolomeo era un niño gordo y mofletudo de 12 años, y su hermana Cleopatra, sin ser gran cosa, tenia unos pechos… Julio andaba chochito detrás de ella.

Y yo, mientras cargaba en mi caballo el cuerpo sin vida de Pompeyo, conocí la mujer mas hermosa de todo el imperio. Alejandra.
Tenia unos ojos…un pelo…unos labios… En ese instante se produjo un momento mágico:
Yo la miré, ella me miró, y yo le dije:

-Por Mercurio que eres la mujer mas hermosa de toda Alejandría.

Y ella me dijo:

-Se te acaba de caer una cabeza al suelo.

Y efectivamente, mientras yo me enamoraba locamente de Alejandra, la cabeza de Pompeyo rodaba calle abajo.
Conquistarla (la chica, no la cabeza.) no me resulto muy complicado. Ella era una mujer egipcia, dama de compañía de la reina Cleopatra; y yo, yo era un gran centurión romano.
Cierto es que las primeras veces tuve que forzarla, pero tras conocernos mejor, se mostró dócil y cariñosa. Esos días en Alejandría fueron los más felices de mi vida.

Yo la quería un montón, la colmaba de dádivas, incluso la agasaje con incienso, que en ese momento era lo más. Pero un día al llegar a mis aposentos, encontré el cuerpo sin vida de Alejandra posada sobre mi cama.
Un sacerdote egipcio se acercó a mí y me explicó:

-Alejandra cataba los alimentos de la reina Cleopatra, y hoy, alguien ha intentado envenenarla. Una pena.

Yo todavía en shock contesté:

– Ah, no lo sabía.

(Nota mental: tenía que haberme preocupado más por sus rutinas de trabajo)

Regresé a Roma muy apenado. Eso sí, para honrar a Alejandra, me traje a su hermana menor a Roma como mi esclava personal. Me hace algún recadete, la comida y poca cosilla más, y yo a cambio apenas la zurro.

cleopatra

Pd: Ni las furcias más experimentadas de los mejores burdeles de Roma hubieran aliviado mi pena. De hecho no lo hicieron.

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